La Luna cayó encima de la carretera. Luis frenó en seco. La luz le deslumbró, por suerte llevaba las gafas de sol en la guantera. Miró a su alrededor, no había nadie cerca. Esta vez tenía una buena excusa para llegar tarde a casa, le diría a Carmen que había ido a buscar la Luna y que por eso había tardado tanto. Sí, era una excusa perfecta, genial. La cargó en el maletero.
De camino a casa se dio cuenta de que al coche le costaba llevar tanto peso, estaba claro que había engordado algunos kilos estos últimos meses. Pero Luis era feliz, como un niño; tenía una excusa y un regalo para su mujer, y un trabajo nuevo, un trabajo que le tendría ocupado bastantes noches.
Ya en el garaje no fue capaz de subir la Luna y le pidió a su mujer que bajara. “Pero… madre mía, Luis… ¿de dónde has sacado eso? ¡Tienes que devolverlo!... ¡A saber de quién será!”; “de quién va a ser cariño, ha caído delante de nuestro coche, así que es nuestro, ¡la luna para nosotros solos!”. Al final la historia acabó como acaba siempre. Ella tenía razón, ¿qué iban a hacer ahora los astronautas?, ¿a dónde irían?, ¿a Marte? Me dio pena desprenderme de ella, pero antes me hice una foto, para tener un recuerdo: Carmen, la luna y yo.
Ahora, siempre que voy a conducir de noche, miro en la guantera, a ver si llevo las gafas de sol, no vaya a ser que la Luna vuelva a visitarme y yo no pueda verla.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
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