miércoles, 23 de diciembre de 2009

La Luna en el maletero de Luis

La Luna cayó encima de la carretera. Luis frenó en seco. La luz le deslumbró, por suerte llevaba las gafas de sol en la guantera. Miró a su alrededor, no había nadie cerca. Esta vez tenía una buena excusa para llegar tarde a casa, le diría a Carmen que había ido a buscar la Luna y que por eso había tardado tanto. Sí, era una excusa perfecta, genial. La cargó en el maletero.

De camino a casa se dio cuenta de que al coche le costaba llevar tanto peso, estaba claro que había engordado algunos kilos estos últimos meses. Pero Luis era feliz, como un niño; tenía una excusa y un regalo para su mujer, y un trabajo nuevo, un trabajo que le tendría ocupado bastantes noches.

Ya en el garaje no fue capaz de subir la Luna y le pidió a su mujer que bajara. “Pero… madre mía, Luis… ¿de dónde has sacado eso? ¡Tienes que devolverlo!... ¡A saber de quién será!”; “de quién va a ser cariño, ha caído delante de nuestro coche, así que es nuestro, ¡la luna para nosotros solos!”. Al final la historia acabó como acaba siempre. Ella tenía razón, ¿qué iban a hacer ahora los astronautas?, ¿a dónde irían?, ¿a Marte? Me dio pena desprenderme de ella, pero antes me hice una foto, para tener un recuerdo: Carmen, la luna y yo.

Ahora, siempre que voy a conducir de noche, miro en la guantera, a ver si llevo las gafas de sol, no vaya a ser que la Luna vuelva a visitarme y yo no pueda verla.